How Good Is Your Memory?
EL TEST CONSTA DE TRES PARTES:
EN LA PRIMERA PARTE, OBSERVARÁS
DOCE FOTOS.
EN LA SEGUNDA PARTE, OBSERVARÁS
OTRAS DOCE FOTOS.
EN LA TERCERA PARTE APARECERÁN
48 FOTOS Y TE PREGUNTARÁN SI CADA
UNA DE ÉLLAS, APARECE EN LA PRIMERA
PARTE, EN LA SEGUNDA PARTE O SI NO
APARECIERON NUNCA.
CUANDO HAYAS TERMINADO, APARECERÁ
TU RESULTADO.
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martes, 1 de marzo de 2011
Por el placer de la lectura
José Luis Sampedro
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos.
Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una
simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en
reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicida del préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos.
Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una
simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en
reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicida del préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
Bogotá no es Colombia
Por GERVASIO SÁNCHEZ (05-10-2009)
BOGOTÁ (COLOMBIA).- Hace nueve años Bogotá se convertía en una ciudad fantasma en cuanto comenzaba a oscurecer. Los ciudadanos, especialmente los extranjeros, vivían en plena psicosis por culpa de una ola masiva de secuestros. El simple hecho de coger un taxi se convertía en una actividad compleja que obligaba a llamar por teléfono, memorizar una clave y certificar con el conductor que su número coincidía con el tuyo. La tensión y el miedo habían acabado con la vida nocturna de una ciudad cuyos habitantes acostumbraban a parrandear los viernes llamados culturales.
Hace nueve años viajar de la capital a provincias era una actividad extremadamente peligrosa. Las guerrillas y los grupos delincuenciales controlaban el extrarradio y lanzaban sus redes para conseguir la pesca milagrosa, tal como se define el hecho de ser secuestrado en el argot popular.
Hoy nadie duda de que la situación de seguridad ha mejorado y da gusto ver a los bogotanos salir a divertirse cuando les apetece. Ya no es necesario ser tan precavido y el trancón (el atasco) se ha reconvertido en el peor mal de la capital de uno de los países más impresionantes del mundo.
Siempre he pensado que si Colombia tuviera ruinas incas o mayas difícilmente otro país en el mundo podría competir con la belleza de sus paisajes y ciudades coloniales y el candor de sus habitantes, capaces de sobrevivir en las situaciones más desesperantes e ironizar cuando la violencia inunda sus vidas. Nunca he escuchado hablar un español más rico que en Colombia, incluido España.
Conozco el país desde hace 20 años, desde la época dura de los cárteles tradicionales de la droga cuando los narcotraficantes intentaban amedrentar al Estado comprando la voluntad de los políticos y poniendo bombas en los sitios más públicos.
Recorriendo los lugares más peligrosos
Antes de ver morir a inocentes en Sarajevo, Goma, Freetown, Kabul o Bagdad, tuve la desgracia de enfrentarme a matanzas horribles con decenas de ciudadanos descuartizados en las calles de Bogotá a principios de los años noventa, víctimas de coches y camiones bombas.
Siempre les digo a mis amigos colombianos que conozco su país mejor que ellos, que he viajado por zonas muy violentas como el Magdalena Medio, Urabá o los departamentos de Córdoba, Santander o Antioquia, que he estado en Cacarica después de la matanza de 1997 y en San José de Apartadó antes de la matanza de 2005.
ampliar foto
Que he paseado por las calles de Barrancabermeja seguido por decenas de ojos de paramilitares que controlaban barrios enteros; que he tenido que convencer a jefes de guerrilleros intransigentes de que no estaba en sus zonas para informar al Ejército; que realicé uno de los primeros reportajes sobre los desaparecidos en 2001 en Medellín, unos meses después de que algunos miembros de sus directiva también fuesen secuestrados, y cuando la palabra desaparecido no existía en el vocabulario oficial.
Hablaremos otro día de desaparecidos colombianos, pero quiero recordar las estadísticas oficiales de la Unidad de Fiscales para Justicia y Paz: ya hay una lista de 26.000 desaparecidos y es muy posible que el número rebase los 40.000, según el fiscal Luis González, jefe de este organismo, cuando se recojan todos los testimonios de los paramilitares desmovilizados.
Esa cifra también se ampliará con creces el día que los grupos guerrilleros comiencen a suministrar información de sus atrocidades. Este macabro baile de números convierte a Colombia en el segundo país del mundo en número de desaparecidos después de Irak y a la par de Guatemala.
Si tuviera que elegir una ciudad me quedaría con Cartagena de Indias; si tuviera que elegir una montaña no tendría ninguna duda de que ésta sería Sierra Nevada; si tuviera que trasladarme en el tiempo hasta hace 200 años me iría a vivir a Mompox a buscar el fantasma de Simón Bolívar. Si buscara una isla tranquila elegiría Providencia y me iría a morir a Cabo de la Vela como los guajiros.
Colombia no es el paraíso soñado
Pero Colombia no es el paraíso que a mi me gustaría que fuese ni la seguridad de Bogotá se puede ampliar al resto del país. La tendencia de los capitalinos (de cualquier país del mundo) es a creer que no tiene importancia lo que no ocurre en sus calles. Si ellos sufren, todo el mundo debe sufrir. Si ellos se divierten, todo el mundo se debe divertir.
Cuando en los años ochenta volvía de los departamentos peruanos conflictivos de Ayacucho, Huancayo, Huancavelica a Lima, mis conocidos no mostraban ni interés ni compasión por el sufrimiento de los indígenas, víctimas del fuego cruzado entre Sendero Luminoso y el Ejército. Los más pitucos (pijos) realizaban comentarios racistas y los más cafres responsabilizaban a los más golpeados de su propio destino.
Un día me volví cafre yo también y lancé una diatriba: "Empezaréis a tener interés por el conflicto de vuestro país el día que Sendero Luminoso (un nombre inventado por la prensa porque ellos firmaban siempre sus proclamas como Partido Comunista del Perú) comience a poner las bombas debajo de vuestras ventanas". Por desgracia ese día también llegó. Los barrios de Miraflores y San Isidro se vieron sacudidos por el flagelo del terrorismo indiscriminado y el Estado comenzó a tomarse más en serio el conflicto interno.
El hecho de que Bogotá respire no significa que el país ha mejorado. La situación de seguridad ha empeorado en amplias zonas de Colombia. El alcalde capitalino anunció el jueves que cada día llegan 52 nuevas familias desplazadas por el conflicto armado, un concepto que el gobierno del presidente Álvaro Uribe quiere desterrar del vocabulario popular.
Amnistía Internacional (AI) denunció el 16 de julio un aumento del desplazamiento interno. "En 2008, 380.000 personas abandonaron sus hogares por culpa de las guerras y las amenazas de muerte, lo que supuso un aumento de más del 24% con respecto a 2007", decía el comunicado de la organización internacional defensora de los derechos humanos.
El país acumula entre tres y cuatro millones de personas desplazadas y, además, otro medio millón ha huido a países limítrofes. "La mayoría de las personas desplazadas huyen de la violencia al ser deliberadamente hostigadas por la guerrilla, los paramilitares y las fuerzas de seguridad en el marco de estrategias que tienen por objeto expulsar a comunidades enteras de zonas de importancia militar, estratégica o económica", denunciaba AI.
La gran mayoría de las personas afectadas pertenecen a comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas. "La difícil situación humanitaria imperante en Colombia es una de las mayores tragedias ocultas de hoy día y desmiente la afirmación del Gobierno colombiano de que el país ha superado su turbulento pasado", manifestó Marcelo Pollack, director adjunto del Programa para América de Amnistía, que añadió que "hasta que las autoridades colombianas no reconozcan las verdaderas consecuencias del conflicto, las posibilidades de que los derechos humanos de los millones de personas afectadas estén protegidos serán mínimas".
La organización fue más lejos al denunciar que "la mayor parte de la riqueza acumulada por los paramilitares y los sectores políticos y económicos que los respaldan se ha debido a la apropiación indebida de tierras por medio de violencia". Entre cuatro y seis millones de hectáreas han sido robadas a sus legítimos dueños, que son millares de campesinos, indígenas y afrodescendietes.
BOGOTÁ (COLOMBIA).- Hace nueve años Bogotá se convertía en una ciudad fantasma en cuanto comenzaba a oscurecer. Los ciudadanos, especialmente los extranjeros, vivían en plena psicosis por culpa de una ola masiva de secuestros. El simple hecho de coger un taxi se convertía en una actividad compleja que obligaba a llamar por teléfono, memorizar una clave y certificar con el conductor que su número coincidía con el tuyo. La tensión y el miedo habían acabado con la vida nocturna de una ciudad cuyos habitantes acostumbraban a parrandear los viernes llamados culturales.
Hace nueve años viajar de la capital a provincias era una actividad extremadamente peligrosa. Las guerrillas y los grupos delincuenciales controlaban el extrarradio y lanzaban sus redes para conseguir la pesca milagrosa, tal como se define el hecho de ser secuestrado en el argot popular.
Hoy nadie duda de que la situación de seguridad ha mejorado y da gusto ver a los bogotanos salir a divertirse cuando les apetece. Ya no es necesario ser tan precavido y el trancón (el atasco) se ha reconvertido en el peor mal de la capital de uno de los países más impresionantes del mundo.
Siempre he pensado que si Colombia tuviera ruinas incas o mayas difícilmente otro país en el mundo podría competir con la belleza de sus paisajes y ciudades coloniales y el candor de sus habitantes, capaces de sobrevivir en las situaciones más desesperantes e ironizar cuando la violencia inunda sus vidas. Nunca he escuchado hablar un español más rico que en Colombia, incluido España.
Conozco el país desde hace 20 años, desde la época dura de los cárteles tradicionales de la droga cuando los narcotraficantes intentaban amedrentar al Estado comprando la voluntad de los políticos y poniendo bombas en los sitios más públicos.
Recorriendo los lugares más peligrosos
Antes de ver morir a inocentes en Sarajevo, Goma, Freetown, Kabul o Bagdad, tuve la desgracia de enfrentarme a matanzas horribles con decenas de ciudadanos descuartizados en las calles de Bogotá a principios de los años noventa, víctimas de coches y camiones bombas.
Siempre les digo a mis amigos colombianos que conozco su país mejor que ellos, que he viajado por zonas muy violentas como el Magdalena Medio, Urabá o los departamentos de Córdoba, Santander o Antioquia, que he estado en Cacarica después de la matanza de 1997 y en San José de Apartadó antes de la matanza de 2005.
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Que he paseado por las calles de Barrancabermeja seguido por decenas de ojos de paramilitares que controlaban barrios enteros; que he tenido que convencer a jefes de guerrilleros intransigentes de que no estaba en sus zonas para informar al Ejército; que realicé uno de los primeros reportajes sobre los desaparecidos en 2001 en Medellín, unos meses después de que algunos miembros de sus directiva también fuesen secuestrados, y cuando la palabra desaparecido no existía en el vocabulario oficial.
Hablaremos otro día de desaparecidos colombianos, pero quiero recordar las estadísticas oficiales de la Unidad de Fiscales para Justicia y Paz: ya hay una lista de 26.000 desaparecidos y es muy posible que el número rebase los 40.000, según el fiscal Luis González, jefe de este organismo, cuando se recojan todos los testimonios de los paramilitares desmovilizados.
Esa cifra también se ampliará con creces el día que los grupos guerrilleros comiencen a suministrar información de sus atrocidades. Este macabro baile de números convierte a Colombia en el segundo país del mundo en número de desaparecidos después de Irak y a la par de Guatemala.
Si tuviera que elegir una ciudad me quedaría con Cartagena de Indias; si tuviera que elegir una montaña no tendría ninguna duda de que ésta sería Sierra Nevada; si tuviera que trasladarme en el tiempo hasta hace 200 años me iría a vivir a Mompox a buscar el fantasma de Simón Bolívar. Si buscara una isla tranquila elegiría Providencia y me iría a morir a Cabo de la Vela como los guajiros.
Colombia no es el paraíso soñado
Pero Colombia no es el paraíso que a mi me gustaría que fuese ni la seguridad de Bogotá se puede ampliar al resto del país. La tendencia de los capitalinos (de cualquier país del mundo) es a creer que no tiene importancia lo que no ocurre en sus calles. Si ellos sufren, todo el mundo debe sufrir. Si ellos se divierten, todo el mundo se debe divertir.
Cuando en los años ochenta volvía de los departamentos peruanos conflictivos de Ayacucho, Huancayo, Huancavelica a Lima, mis conocidos no mostraban ni interés ni compasión por el sufrimiento de los indígenas, víctimas del fuego cruzado entre Sendero Luminoso y el Ejército. Los más pitucos (pijos) realizaban comentarios racistas y los más cafres responsabilizaban a los más golpeados de su propio destino.
Un día me volví cafre yo también y lancé una diatriba: "Empezaréis a tener interés por el conflicto de vuestro país el día que Sendero Luminoso (un nombre inventado por la prensa porque ellos firmaban siempre sus proclamas como Partido Comunista del Perú) comience a poner las bombas debajo de vuestras ventanas". Por desgracia ese día también llegó. Los barrios de Miraflores y San Isidro se vieron sacudidos por el flagelo del terrorismo indiscriminado y el Estado comenzó a tomarse más en serio el conflicto interno.
El hecho de que Bogotá respire no significa que el país ha mejorado. La situación de seguridad ha empeorado en amplias zonas de Colombia. El alcalde capitalino anunció el jueves que cada día llegan 52 nuevas familias desplazadas por el conflicto armado, un concepto que el gobierno del presidente Álvaro Uribe quiere desterrar del vocabulario popular.
Amnistía Internacional (AI) denunció el 16 de julio un aumento del desplazamiento interno. "En 2008, 380.000 personas abandonaron sus hogares por culpa de las guerras y las amenazas de muerte, lo que supuso un aumento de más del 24% con respecto a 2007", decía el comunicado de la organización internacional defensora de los derechos humanos.
El país acumula entre tres y cuatro millones de personas desplazadas y, además, otro medio millón ha huido a países limítrofes. "La mayoría de las personas desplazadas huyen de la violencia al ser deliberadamente hostigadas por la guerrilla, los paramilitares y las fuerzas de seguridad en el marco de estrategias que tienen por objeto expulsar a comunidades enteras de zonas de importancia militar, estratégica o económica", denunciaba AI.
La gran mayoría de las personas afectadas pertenecen a comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas. "La difícil situación humanitaria imperante en Colombia es una de las mayores tragedias ocultas de hoy día y desmiente la afirmación del Gobierno colombiano de que el país ha superado su turbulento pasado", manifestó Marcelo Pollack, director adjunto del Programa para América de Amnistía, que añadió que "hasta que las autoridades colombianas no reconozcan las verdaderas consecuencias del conflicto, las posibilidades de que los derechos humanos de los millones de personas afectadas estén protegidos serán mínimas".
La organización fue más lejos al denunciar que "la mayor parte de la riqueza acumulada por los paramilitares y los sectores políticos y económicos que los respaldan se ha debido a la apropiación indebida de tierras por medio de violencia". Entre cuatro y seis millones de hectáreas han sido robadas a sus legítimos dueños, que son millares de campesinos, indígenas y afrodescendietes.
Elogio de la mujer brava
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Por: Héctor Abad
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!!!!
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran "no más usted me avisa y yo le abro las piernas", siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!!!!
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